jueves, 9 de abril de 2009

El trasvase de la página a la pantalla

La red padece cáncer, y se percibe en nuestros modos de explorar la pantalla. ¿Quién puede mantener su atención y su pensamiento estables al navegar en el espacio virtual? ¿Quién resiste el anzuelo tentador de los hipervínculos? Apenas comenzamos a usar Internet y ya resentimos los estragos de la saturación digital.

Si a nuestra especie le tomó siglos asimilar y asimilarse en la civilización del libro, le está tomando unas cuantas décadas destruirla. Aprendimos a desmenuzar el conocimiento en información, y la información en datos; a traducir los datos en códigos de simplicidad extrema: ceros y unos. Y entramos de lleno en la economía de los números digitales; en la gula de información.

Pero las consecuencias de esta voracidad no las conocemos, aunque ya sabemos que la abundancia desmedida también produce vacío.

Por lo pronto, la ilusión del hipertexto –y de los hipermedios–, puede hacernos olvidar que somos herederos de la civilización del libro, y que su orden institucional basado en el eje autor-libro-lector, tiene una pertinencia histórica. Y aunque también debemos aceptar de buena gana que ningún orden institucional es para siempre, no podemos tirar al caño una unidad vinculada con la civilización del libro: la página, en tanto espacio de fijación y circulación de los saberes.

La página y la pantalla son espacios de visualización distintos, cada uno con sus propiedades topológicas, su pragmática inmanente y su pertinencia histórica; pero no son excluyentes. Al contrario, es completamente posible el trasvase de la página a la pantalla. Y no sólo posible, sino necesario, para no perder la brújula en este "salto" de la civilización del libro a la civilización de Internet.

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